Las piernas le pesaban. Cayó. Quiso levantarse y seguir corriendo, pero, ¡cuánto le pesaba en la talega el cobro por el beso dado al Maestro!
Las piernas le pesaban. Cayó. Quiso levantarse y seguir corriendo, pero, ¡cuánto le pesaba en la talega el cobro por el beso dado al Maestro!
Puso la cabeza de la hormiga en la grieta de la hoja de papel y la deslizó lentamente... Uno por uno, escuchó —con el estetoscopio del padre de Raúl— el grito desgarrador de la criatura. El profesor de Psicología observaba. —¡Se murió la hormiga, profe! —Error —dijo Paulina desde el fondo del aula—. Todos la matamos.
Lo despertó el dolor en su mano derecha. Giró su cuerpo tumbado en el lecho, se irguió lentamente y dejó que sus piernas colgaran al borde izquierdo de la cama. Su
bostezo fue un aullido de alcohol. Se puso de pie, pero la
habitación se le vino encima. Ante esa avalancha de muebles y paredes, se sentó nuevamente en el borde. Tomó
aire y con voz rasposa gritó:
─Juaaana.
El silencio le taladró los oídos. Unos lloriqueos de perro
le sonaron incomprensibles.
─Juaaana, volvió a gritar─ ¡Yegua!, ¿dónde te metiste?
Por la orilla de la cama, fue arrastrándose hasta llegar
al pie del lecho, se aferró a la madera, se impulsó y logró
ponerse de pie. Tuvo náuseas, al inclinarse para el vómito
vio sus manos embadurnadas… las sintió pegajosas…
Murmuró por lo bajo: ─Juaaana, mujer de mieeerda.
De repente, su boca fue un volcán furioso:
─¡Juaaanaaa!, contéstame! ¿Dónde carajo te metiste?
Agudizó los oídos esperando sus pasos. Su perro Apache, desde la puerta, lo miraba. Tenía el hocico rojo.