Lo despertó el dolor en su mano derecha. Giró su cuerpo tumbado en el lecho, se irguió lentamente y dejó que sus piernas colgaran al borde izquierdo de la cama. Su
bostezo fue un aullido de alcohol. Se puso de pie, pero la
habitación se le vino encima. Ante esa avalancha de muebles y paredes, se sentó nuevamente en el borde. Tomó
aire y con voz rasposa gritó:
─Juaaana.
El silencio le taladró los oídos. Unos lloriqueos de perro
le sonaron incomprensibles.
─Juaaana, volvió a gritar─ ¡Yegua!, ¿dónde te metiste?
Por la orilla de la cama, fue arrastrándose hasta llegar
al pie del lecho, se aferró a la madera, se impulsó y logró
ponerse de pie. Tuvo náuseas, al inclinarse para el vómito
vio sus manos embadurnadas… las sintió pegajosas…
Murmuró por lo bajo: ─Juaaana, mujer de mieeerda.
De repente, su boca fue un volcán furioso:
─¡Juaaanaaa!, contéstame! ¿Dónde carajo te metiste?
Agudizó los oídos esperando sus pasos. Su perro Apache, desde la puerta, lo miraba. Tenía el hocico rojo.
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